La verdad nunca me gustaron mis nombres, nunca.

Odié todavía más los apodos que me daban mis padres, tíos, hermanos, amigos, compañeros de clase, todos.

Quizás fueron sólo una decena o menos a lo largo de mi vida, y así me pesan tanto que me parecen cientos, pero no. Nunca fui tan popular como para llegar a tales cifras.

Desde que pude, elegí mis propios apodos. La cosa cambió radicalmente.

Empecé con motes de grafitero, de pobre púber que pintarrajeaba paredes y cuanto encontrara a su paso. El primero fue muy lastimero, lo descarté enseguida. Además era significativamente largo; eso implicaba que, con el detallismo que le pongo a ciertas cosas, al iniciar la tercera sílaba ya hubiese tenido una mano arrancándome la oreja.

Los siguientes fueron casi tan intrascendentes como el primero. De paso aprendí el arte de escribir garabatos a muy alta velocidad y siendo indetectable. O descarado.

Aprendí también de caligrafía, estilos y de los amplios recursos que brinda la creatividad. Sí, con graffiti, en la calle y con delincuentes juveniles.

Uno de los seudónimos que usé por demasiado tiempo fue el nombre de un género musical. Simple y lleno de color, como sus canciones. Y digo demasiado tiempo porque aún puedo oír en la calle a alguien gritando ese alias. Si recuerdo el rostro que lo menciona sonrío, de no ser así pongo mi cara hardcore y muevo mi cabeza. Es la fachada.

Luego llegaron las variantes, los homenajes a ese mismo apodo y así. Nunca vencieron al nombre de música que tuve.

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Me dieron después un nombre tan dulce como beso de italiana, oscuro como el chocolate. Aún me suelen llamar así y lo acepto con cariño. Suelen ser llamados de gente querida.

En medio de todo ese camino moteado, apareció uno de esos que no vino de mi cabeza: –Absurdo, eso es lo que tú eres–. He estado en demasiados bautizos, memorables y no tanto. El mío fue un bautismo con aguardiente a falta de agua bendita.

Aún llevo a la rata que me puso ese nombre en mi colección de amigos, en el corazón.

Y me refiero a esa palabra -absurdo- no como adjetivo, no como insulto, sino como sustantivo y nombre muy propio para mí. Así me adueñe de él.

El término me define demasiado bien, y a esta vida ridícula que observo y llevo. Estrafalario y demasiadas veces sin sentido. Soy un absurdo y engordo a gusto de saborearlo.

En una vida de nombres decidimos con cual nos quedamos. Mi nombre de pila es Absurdo, el de idiota es el que me dieron mis padres.

Aún uso otro nombre que no sea el que me dieron mis padres para garabatear. La diferencia está en que ya no uso latas de esmalte en spray con gustoso aroma, sino un generador de caracteres y un teclado. También sigo infringiendo la ley, esta vez como plagiador de la ocurrencia.

Sólo por aquello de los derechos de autor digo:

Gracias Milton por rebautizarme cagado de la risa.

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Absurda y vanidosamente:

Dr. Absurdo

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