Tapole la boca y puso una navaja en su cuello.

Exhaló basura cerca de su rostro y quiso sacarse la verga.

Lo siguiente que sintió fue el incendio de un trueno en su abdomen.

Se durmió sobre charcos rancios de meados y algo más espeso.

Una sombra taconeó de prisa, pero no corrió como el llanto.

El viento susurró puteadas y dejó todo tirado, allí mismo.

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