Recorría calles y rostros cualquieras, mientras la mirada se posaba en donde quería o podía.

Vi dos piercings terriblemente feos, prendidos de dos soportes de carne, más escasos de belleza aún, y pensé:

Si esta gente, insoportablemente fea, carente de buen gusto, encontrada y asociada en un momento de la vida, sea por sexo, necesidad o comunión entre feos; sale a la calle a lucirse, debe ser un mensaje superior a mi definitivamente pobre entendimiento.

Me refiero a los feos en serio; esos que asustan por definición y son entes de agresión visual.

Es que el feo destaca entre los cúmulos de gente guapa, en ciudades como esta, en dónde el ojo se alegra y alborota con tanta variedad de caras y baratas. Claro hasta des-exotizarse.

Acá, como en mi cabeza y en el corazón de mi madre, soy guapo, y mucho. En otras latitudes no tanto, por aquello del “ojo del espectador” y el mal gusto de algunos.

No voy a escurrir patrañas sentimentales como la “belleza interna”,  concepto que sólo comparto cuando se trata de una vaca al asador o de una pieza de ingeniería mecánica.

Es decir, si es real aquella belleza interna, diseccionemos a nuestros muertos, hagamos mil museos del cuerpo humano en cada ciudad y paremos de joder con misses universo y reinas de pueblo, modelos de piernas largas, depiladas y carnosas sobre sillas de ruedas y centros de estética con trasquilados de 15 dólares por pelo.

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La gente fea por fuera es fea por dentro, en sus entrañas y en sus humores. Ningún penco de mierda es fotogénico y ninguna realidad es más triste, fea y cierta.

Nos siembran imágenes correspondientes a lo lindo. Nos dicen que lo diferente es tan admirable como aborrecible. Lo que ayer fue bello, hoy es sólo grasa que deberíamos de remover con liposucciones.

Pobre de las nenas carnosas del Renacimiento y de los esqueletos de pasarela de estos días.

Debieron decirles que la belleza del mañana es todo aquello que las subculturas, tribus urbanas y trendy people de hoy señalen.

El definitivo nuevo canon de belleza post apocalíptico ya está decidido, firmado y sellado por cuatro flacos con anteojos wayfarer, corbatas angostísimas y botas de combate con cordones neón.

No hablaré del gesto humano, de ayudar a una mujer con un bebé en brazos, proveniente de uno de los feos porta piercings del inicio de estas líneas. Total eso no vende y los cuatro flacos que mencioné han ofrecido abastecerme de dunks, hi tops y zapatillas deportivas de por vida a cambio de mi silencio.

Olviden el resto.

¡Abajo la gente fea del mundo!

¡Larga vida a los coolhunters!

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Amordazado, pero bonito.

Dr. Absurdo

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