La queja es lo que más rápido asoma a las bocas. En mi caso es lo usual.

Me quejo por todo, por nada, por mí, por lo que me rodea, de arriba a abajo y a los lados.

Todo viene de un proceso puro de análisis e hinchapelotamiento del que soy asiduo cliente antiguo. Soy usuario y víctima de dicha técnica.

Así que esta, otra queja formal, levantada en honor a mi libertad de expresión e hinchapelotamiento nocturno, viene para y por mí.

Sucede que quiero quejarme de mi pobreza, pero no puedo. Vivo de manera digna, con internet inalámbrico, macbook de 13 pulgadas a la mano, en un agradable loft amoblado y calefaccionado debidamente, compartido con 2 usuarios más, lindos y más que soportables, hago hincapié. Todo ubicado en un simpático barrio de la bella Buenos Aires.

Un loft, laputamadre, un loft casi como aquel que vi de niño y en donde soñé vivir.

Visto bien, tengo tantos zapatos y zapatillas como quiero y puedo, todos de marcas reconocidas y ostentosas. A mi calzado lo quiero más que a mis sobrinos e hijos no natos.

Acabo de salir del cine viendo una de esas taquilleras en 3D y habiendo gastado cerca de 40 pesos en comida chatarra, por cierto la comida de los cines siempre me pareció la peor basura y aún así la engullo. Hambre no padezco.

Ok, no puedo quejarme de pobreza, dormiré en colchones y sábanas nuevas y limpias. No lo haré enrollado en un colchón lleno de ácaros, pulgas y orines de 20 perros, citadinamente decorado con manchas de mierda, sangre de quién sabe qué y en medio de los 8° C con posibilidad de lluvia que hay allá afuera.

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Soy gentuza elevada, un quejón sin glorias al que no hay tusa que le calce en el orto. Y de eso se queja también.

La frustración vive amigada y con tanta confianza conmigo, que ya es casi de la familia. Debería presentársela a mi madre y formalizar.

Si tengo una razón para quejarme es de eso, ¡lo tengo! mis frustraciones canalizadas a través de un cachondo y acnéico “Nadie me entiende”.

Resulta que dicen de mí, que suelo ser arrogante, aburrido al expresarme con tanto detalle y por demás confuso.

Opino que eso es mierda.

Si de algo estoy convencido, es que soy un humano bello y encantador, con ideales y capacidades emocionales que me hacen ganador de cuanta medalla de boy scout no recibí en mi breve paso por la manada.

(Nótese que lo primero que digo sobre mí mismo es “soy un humano”. La verga, que si algo debo reconocer es mi calidad humana.)

Sigo. Multi-talentoso, tan encantador que no inspiro el suficiente temor como para ser ladrón o secuestrador. Sonrisa de comercial, alto y estratégicamente acolchonado. Inteligente, sin duda, aficionado a las artes, el dibujo, la fotografía y amante de las mujeres y la música. Lo suficientemente culto y elaborado como para enamorar a hijas y suegras.

¡Fa! A veces creo que mis viejos se pasaron de talentosos y deberían haberme firmado una nalga como reconocimiento a su buen trabajo.

Entonces, qué.

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Trabajo, es eso. Mucho tiempo tirado a la nada y muy poco dinero para más zapatillas deportivas, viajes a Punta del Este y tratamientos de belleza necesarios para este delicado cutis. Además el loft no va a parir muebles de diseñador y ornamentos a tono con el estilo de vida que merezco.

Aún así, tan multitalentoso y todo, heme desempleado sin remedio. Y eso es lo que me emputa en serio.

Sospecho que los CEO de las multinacionales del mundo, revisan a diario mis blogs y mi TL en Twitter. Pena que no lleguemos a un acuerdo. Más penoso que no quieran contratarme.

CEO’s pendejos –con el debido respeto– ¿no entienden que mi mayor deseo es ser un esclavo corporativo más?

Úsenme, róbenme el crédito por mi trabajo, háganme un número más y explótenme todo lo necesario que sea.

Eso sí, cuando sea un número en sus roles de pago y maquinaria corporativa denme el setenta y cuatro, 74. No sé, me parece lindo el numerito: siete-cuatro.

Así que dejemos el jueguito. CEO’s dejen de boludear y llamen. Saben que sería un hit en sus líneas. Prometo solemnemente no robar el lugar de ninguno de ustedes y vivir a su sombra, ser el lacayo número 74 y hacerles chascarrillos de sobremesa para hacerles más llevadera la digestión.

Háganlo pronto que nunca se sabe, y mi tentadora oferta caduque.

Cierto, esto debía ser una queja y no una negociación. Así que cierro con una última y especial queja alimentada por mi ingle:

¡Ay!

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Enardecidamente quejumbroso

Dr. Absurdo

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