Yo conozco a Sex Machine, es mi vecino.

Se alimenta de pastillitas azules que lo hacen sonreír mostrando sus dientes amarillos. Lo llamo así porque oye mucho a James Brown.

En las mañanas aspira y exhala mientras abre su ventana, para luego toser y así expulsar a los espíritus que lo acosan a diario.

Le gusta ver la lluvia caer y cuando salpican las gotas en el piso, coleccionar cajitas de cartón y matear de vez en cuando.

Por las tardes come carne, le gusta que sea fresca, lo sé bien porque lo veo llegar con ella y cada vez hay menos gatos en el barrio. Mientras más cruda mejor.

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Sex Machine tiene muchas amistades, es alguien muy querido. Siempre lo visitan, le hacen fiestas y ríen con él. Aún no sé si sus fiestas son tan divertidas, o es que las paredes de este edificio son de papel, creo más en lo primero.

Son los sábados, sus días favoritos, cuando usa sus pastillas azules antes de sus movidas reuniones. Deben ser vitaminas.

Dudo que algún día me invite a sus fiestas. Estaría bueno ir a una, se nota que hacen juegos y terminan todos cansados y agitados. La última vez que hubo una, me parece que una de las invitadas se golpeó jugando. Debió dolerle mucho porque gritó por unos minutos para luego ponerse a llorar.

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Mi vecino Sex Machine es un buen tipo, nadie lo nota mucho, salvo por sus animadas veladas de los sábados a la tarde. Pero yo si lo veo. A veces cruzamos un par de saludos o compartimos esa jaula que nos mueve entre los pisos de este edificio, donde hablamos del clima y del precio de la carne.

Esta semana no hubo festejo, pero se que la viene seguro la habrá. Espero que si no invita, al menos comparta el secreto de tan buenas fiestas.

Hasta que pase eso seguiré observándolo, tratando de descubrir que hace a Sex Machine ser el alma de la fiesta, sus tan faunos habitos alimenticios y sus ritos matinales.

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Bonus Track ▶

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