Y cada surco en mis labios secos es el camino que recorrió una lágrima.

Allí reposan el salado de sus labios marinos y el ardor que dejaron sus olas.

Ese mar que nunca me golpeó y me dejó mojado hasta los mismos huesos.

Y sigo yo, contando mis humedades así, acongojado, quebrado y reseco.

 

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