Estaba solo. Parado consigo mismo y asaltado por las mismas dudas que lo visitaban cada vez con más frecuencia, más de lo que llegaba a darse cuenta.

El pórtico de la casa era el lugar donde solía contemplarlo todo. Allí escudriñaba cada esquina y recoveco de memoria, tratando de descifrar un nombre, un lugar, una cara que esperaba.

Esa tarde se levantó del sofá en la sala, luego de una siesta después de un almuerzo, delatado por la sensación de llenura y olores a comida mezclados con el rancio de los cojines del sofá.

Miró el techo como si en las manchas de humedad estuviesen dibujadas las respuestas.

Miró las cáscaras de pintura como si se pudiese leer alguna palabra allí.

 

Daba vueltas alrededor de la casa, peleando con uno que otro hilo de araña en el camino.

Encontró una habitación, se sentó en la cama y acarició las cobijas. Parecía que el cuarto le conocía de siempre y aguardaba a que él se durmiera para ponerle al tanto sobre su propia vida.

Miró el closet, había cuatro camisas y dos trajes compuestos por saco y pantalón. Un chaleco de sobra con una manchita cerca del bolsillo para la leontina y en el rincón una sola corbata que luego, al intentar usarla, le notaría unas cuantas puntadas sueltas al medio. La ropa de frío estaba junto a los trajes, no era el clima para usarla.

Eligió el traje oscuro, lo combinó con la camisa menos arrugada y retocó con la mano el peinado sin mirarse ante un espejo.

Intentó contar sus pasos desde la cama a la entrada de la casa, no supo para qué.

Se paró junto a uno de los postes del pórtico, sin saber que hacer con sus propias manos y esperó.

 

El lago frente a él le traía recuerdos tan claros como si fuesen de ese mismo momento.

Se acordó de cuando salía con muchachos a pescar, de un reloj de bolsillo heredado, del sabor de unas galletas de pasas, de una joven de enormes ojos negros y de un beso que le dieron.

La brisa llevaba el olor del lago a su cara cuando la vio acercarse. A lo lejos lo saludaba. Lo saludaba a él, no había otra casa alrededor.

De cerca, fue cortés y esperaba estrechar su mano. Le callaron un –Buenas tardes– con un liviano beso en la boca y una caricia en las manos.

La miró descubriendo una ternura casi maternal. Lo habían invitado a sonreír y fue un niño volviendo a casa, a sus juguetes. Ella lo despertaba.

Hubo más sonrisas, un abrazo largo y una lágrima que asomó de quién sabe dónde.

Ya no estaba solo, la tenía a ella, al menos por ese momento.

 

 

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