Su mirada se abrazaba a cada luz de neón en el camino, resucitando una vieja figura danzante.

Pensó en las cajas de la habitación, esas que contenían recuerdos de todo, las bufandas de la abuela y los retazos de telas estampadas que daban gusto tocar.

Así el vestido de verano y el pelo ondulado al corte afrancesado. Los bocados de labios y los de carne. Las piernas largas y firmes como columnas de catedral.

Ella iba con él, se enrrollaba en sus costillas al lavar los trastes, al poner la pava al fuego, al tender la cama y al sacudir el polvo.

Él se la metía a punta de bocanadas amargas y en tragos de whisky, cerveza o vino. La dejaba en su boca como a cada palabra antes corregida. —Así no se dicen las cosas acá—.

Recorrió cuatro pasos, luego veinte y luego la calle Corrientes entera. Pisaba cuanto hubo de pisar a junto a ella, llevándola sobre el pecho.

Sus fotos arrugadas en la cartera se besaban entre billetes y aplaudían con las monedas. Un peso por cada pelea, dos por cada reconciliación.

Ya no era más invierno por fuera. Por dentro eran todas las estaciones.

—Ya hemos llorado suficiente— le dijo, cerró la puerta del taxi, atrapándole media vida que le colgaba suelta, deshilachada.

Ahora debía recogerla, envolverla entre los dedos y ver si le era posible volverla a coser.

Hilo, aguja y ¡mira! Otra luz de neón.

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