—¡Ya te voy a partir la cabeza, a ver si así te saco toda esa sangre mala, muchachito de mierda!—

A ese grito, corrió a esconderse bajo la cama. Solo debajo de ella, entre zapatos, polvos y juguetes olvidados tocó su rodilla y notó sangre. Una cabeza de clavo que asomaba no le perdonó la travesura y se lo hizo saber.

Puso saliva en su dedo, tal como le habían enseñado, y la aplicó a la herida. Ardió.

Debía ser porque no era baba en ayunas. La baba en ayunas es de esas cosas que cura todo, desde los males de ojo hasta la cicatrización de heridas severas. La abuela siempre la recomendaba al menor brote de sangre. Hasta los perros sabían de esas cosas.

A la noche llegó, siendo casi un fantasma. El silencio y las miradas esquivas le habían salvado de los palazos una vez más.

Pero, ¿y la sangre mala? ¿Sería que se le quedaba adentro? Total si había sangrado apenas, un poquito. Nada casi.

Tocó la herida para sacar la costrita, así le salía esa sangre fea.

Durmió.

. .

Tuvo que pasar un tiempo y algunas palizas antes de que lo entendiera. Esa cochinada seguía dentro suyo.

Por eso tenía malas notas en la escuela. Por eso no tenía amigos. Por eso lo miraban igual que miran a los perros en las fondas de mercado. Y eso que a los perros flacos del mercado les tiraban algún hueso, a él las cucharas de palo y algún plato despostillado o de metal enlozado.

Los perros lo entendían. Por eso le enseñaron a imitar al detalle su mirada lastimera:

—Así les duele si te pegan, muchacho. Así te regalan los huesos y sobritas de arroz, muchacho.— le ladraron. Y él, aprendió a tener mirada de perro.

Eso sí, los perros de fonda no tenían idea sobre lo que era tener sangre como la que él llevaba por dentro. Sucia, mala.

Cada noche le daba vueltas a la idea. La almohada lo ayudaba a escuchar la voz de la sangre.

Pegaba la oreja —pum-pum— oliendo baborreos fermentados por años —pum-pum— y luego el susurro de un río.

Tenía que ser la sangre esa, que siempre intentaba inundarlo todo.

Durmió.

.

Llegaba de la escuela corriendo, escapando del sol, acelerado por un hincón ponzoñoso en la panza. Ya le habían dicho que tomar agua del grifo le iba a hacer mal, por los bichos. No le supo mal, de hecho estaba más fresquita luego de jugar a la pelota. Metió un gol esa vez.

Nada más una cuadra. Se agarraba la barriga, casi al trote. Sólo una cuadra más. Caminaba más lento. Una cuadra. Y ya no pudo caminar.

Se agarró de un poste, entrecruzando las patitas y empinándose un poquito para que no salga nada. Muy tarde.

¿Ahora qué iba a decir, cómo esconderse, si hasta los perros hurgando en la basura se espantaban? Muchachito de mierda.

Entró casi corriendo, derechito al baño de la fonda, dejando un penoso rastro de manchas amarillentas por el suelo. Lo miraron tapándose la nariz, lo largaron a lavar su ropa en el baño de casa. —Vete así, porlagranputa. A la noche te veo, y verás como te saco toda esa porquería de adentro— le dijeron.

Secó su cara y caminó tan rápido como pudo, lavó sus tres cosas pensando que era esa sangre otra vez cagándolo todo. Así, limpiándo los sucios se le ocurrió.

Tomó un cuchillo como el de la fonda. Siguió con el hincón en la panza, ahora con uno nuevo y más bravo. Ya no habría más sangre mala. Estaría limpio.

Durmió.

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