Él se levantó con un terrible dolor de cuello, la quinta vez en esa semana.

El problema era muy recurrente, pero no era lo peor.

Él sentía que poco a poco este dolor bajaba y se alojaba en su pecho y no se iba de allí hasta que salía de casa, siempre después de despedirse de su mujer.

.

Fue en la ducha cuando lo entendió, iluminado por las luces de la claraboya y esta nueva verdad.

Debía irse y no volver más.

Sólo así no volvería a sentir ese dolor, no fuese a pasar que el dolor de mierda ese se le instalara para siempre en el pecho y no lo dejara vivir.

.

Pensaba doscientas excusas para que ella lo entendiese.

Ninguna servía, ninguna sería entendida.

El aroma del desayuno que preparaba ella empezaba a invadir el cuarto.

Pensó en que con la ropa que guardaba en su valija se llevaría un poco del olor de la última comida que su mujer hacía para él.

.

En el comedor lo esperaba ella cuando lo vió salir con su maleta.

–¿A donde vas?– le preguntó.

–Me voy– respondió él.

–Me harté de este dolor– dijo mientras cruzaba la puerta.

.

Anuncios