Los domingos hablo con mis padres.

Son los domingos los días en los que me entero que la perra murió hace un mes y que ahora hay cachorros desconocidos, que mi vieja sigue con sus dolores de espalda y finge no estar triste. Me ponen al día sobre quién murió, quién parió y quién está por casarse o dejar al marido. O que mi viejo, sin ser el mejor católico, me regala una que otra bendición.

Con en esas llamadas dominicales que suenan a campanadas de iglesia, me imagino sus caras y les cuento las canas en cada palabra. Adivino si sonríen y los abrazo para que me roben el mal humor.

Allí les digo que los quiero con algún “cómo le va” o “cuídese mucho” por que nunca los pude tutear.

Vuelvo a meterme a la cocina a robarme algo recién sacado de la sartén —cosa que aprendí de los gatos— y remato con una nalgada a mi madre mientras deja listo el cebiche.

Leo el periódico con mi padre en la sala, sin arrugarlo y sin llenar los crucigramas con el fin de no ser invitado a comprar mi propio diario.

Con esas conversaciones le robo el control remoto al viejo y apago el televisor, sólo para despertarlo y escucharlo decir: “No me apagues la tele, que estoy descansando los ojos.”

Levanto la mesa y lavo los platos como postre, dejando en claro que es un ingrediente sano y esencial en las comidas de mi madre.

A la tarde, si todo sigue bien, la casa rebosará alegría al perfumarse con el dulce de pechiche.

Los veo pararse en la puerta abrazados, dándonos a entender que no todo es mierda en la vida mientras suena Yolanda de Milanés.

Son las cosas buenas que tienen las distancias, se aprende a demostrar el afecto de maneras encubiertas y a entrelinear las palabras de aliento.

Ellos y yo aprendimos que los domingos podemos guardar los ceños fruncidos y desempolvar momentos de los que nos podemos aburrir y acostumbrar, pero que jamás dejaremos olvidados.

Ya sonará el teléfono y tendrán que contarme mucho o poco. Lo que sí es seguro es que de ambas partes vamos a contarnos siempre algo y muchas de esas veces será sin decirlo.

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A cinco pasos del teléfono

Dr. Absurdo

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