Para romper a alguien por dentro jamás deberá empezar por el corazón.

Proceda con cautela y siempre cuidando la integridad de sus propios dedos.

Recolecte veinte mariposas monarca jóvenes o crisálidas en su octavo día.

Empiece por calentar las mejillas del sujeto desde el centro, dejando que el ardor se extienda hasta las orejas y parte del cuello.

Sea paciente, tarde o temprano generará un bostezo y debe aprovechar ese exacto momento. Ingrese por la boca del sujeto, evitando a toda costa rozar la úvula. De hacerlo corre el riesgo de ser escupido o vomitado.

Si esto último sucede aborte la misión. No es nada personal, sencillamente a los escupitajos y regurgitaciones nadie los quiere tragar.

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Una vez dentro del sujeto, suavice la carne con martillazos en el pecho con golpes de adentro hacia afuera. Considere, para esto, las horas de sueño y la postura de quien se encuentra en un ataúd e intenta abrirlo desde el interior.

Abra un pequeño tragaluz.

Asómese ante el sujeto siempre por la mañanas y por las noches antes de acostarse en lapsos de tres minutos y medio.

Eventualmente sentirá movimientos irregulares y una elevada temperatura. Es normal, esto se debe al rozamiento de las sábanas contra el cuerpo en lo que llamaremos “revolcones de vigilia”.

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Desarme la caja torácica y luego libere las mariposas monarca para generar una distracción adecuada.

Apunte y embista al corazón con un aguijón de acero; uno de carne de costillar con un hueso agudo, también sirve.

Incrústelo despacio, hasta lograr ruborizar al sujeto y obtener un agradecimiento formal. Dele un giro completo hacia la derecha y dos hacia la izquierda.

Empuje hacia adentro, provocará leves taquicardias.

Utilice cualquiera, desde la quinta a la decimoséptima lágrima, para salir.

De tres pasos hacia atrás, devuelva la mirada.

No sonría. No gesticule.

De vuelta y camine sin mirar detrás suyo o a los costados.

Su partida no deberá durar más de lo que tarda en ser fumado un cigarrillo.

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Homenaje a J. Cortázar y a tus tres pasos hacia atrás.

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