Alguna vez rocé los bordes de la ciudad por la noche, más de una. Y no me llevaban, yo me dejaba llevar.

Noches de putas viejas mirando sin envidia a las más jóvenes, a sabiendas de que les prometerán sacarlas del mercado para darles una vida mejor. Una vida de señora donde no se usa más la palabra puta.

Las noches, donde conoces a una desnudista confianzuda que te invita a tocarle la entrepierna por 2 o 3 monedas, en uno de esos sitios donde la mala muerte hiede a semen y mierda. La llevas a su casa, le compras comida porque tiene hambre. Ella te paga poniendo un beso en tu boca, casi como beso de tía: mitad agradable, mitad desagradable.

Donde levantas a un trava que te la chupa por cinco mangos como si la tuvieses de oro y le hicieses un favor. De esos travas pobres, que tienen las tetas duras, seguramente por el aceite o la silicona que se inyectan para lucir más mujeres.

–El sacrificio vale la pena, esto irá al chanchito de mis nalgas— piensa ahorrativamente el doble agente, mientras se mete otro pene a la boca.

Paseos de lo más oscuros, que terminan en la casa de gente sencilla y protectora que asalta bancos para vivir humíldemente, que la tiene clara cuando añade que “robar bancos no es robar”. Gente que te cuida de los perros, de la policía y de otra gente como ellos, pero carente de códigos o moral.

Se comparten los vasos de cerveza, los consejos sobre cómo esconder armas, camuflar mentiras y detener sangrados profusos. Sin embargo, las risas que asoman son de cada uno y no se prestan a nadie por ser lo único honesto.

Esas sonrisas en medio de la noche forman parte del kit elemental de supervivencia. No exageres con ellas pelando los dientes, ni enseñando las encías, a no ser que seas un perro, lo hagas en señal de agresión y quieras terminar tirado aullándole a las bolsas de basura en alguna esquina.

Es que la noche y la calle son amigas y si eres amigo de una, la otra te abrazará también.
Sin vueltas, sin giros inesperados y tan sinceras como la penumbra les deja serlo.

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