Dado a acercarme a quienes están lejos, me resulta fácil caer en la idea, ilusoria o no, de los enamoramientos a distancia.

Porque vienen, porque van, porque están de paso como si fuesen hojas mudando. Por eso en otoño me enamoro y para verano ya me están rompiendo el corazón. Pero eso es otra historia.

Contaba, que las distancias se prestan para crear ilusiones. Es el “buen lejos” del que me hablaban todos los eruditos borrachos de esquina que conocí.

El buen lejos consiste en parecer encantador a la distancia, inmensamente atractivo e irresistible. Y como en todo buen cuento, esto tiene momentos románticos como sesiones interminables de chat, llamadas y videollamadas, emoticones y saludos personales, palabras que son sólo de los dos, cartitas, postales y el sabor del reverso de las estampillas a cambio del gusto al otro. Se crea una imagen que no significa amenaza a la estabilidad real de alguien y la ilusión de que con dos clicks borras a quien quieres sacar de tu vida.

Falso.

Es imposible sacarte a alguien de la cabeza cuando ya te llegó al pecho.

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Esta historia tiene sus villanos, que son los kilómetros y las millas náuticas, el costo de un pasaje redondo o sin retorno, las discusiones tontas que merman el cariño porque no se pueden resolver con un beso, con un abrazo o un sencillo toque de manos y hasta el ancho de banda que uno u otro pueda tener. Aun con esto, el amor de lejos sucede.

El proceso es el siguiente:

Se ubica a alguien.

Se contacta a ese alguien.

Se dan los primeros coqueteos.

Se hablan, se ríen de todo y de nada.

Se crea la ilusión de conocimiento sobre el otro.

Se proyecta el deseo sobre el otro, se corresponden.

Se desinhiben, se buscan, empiezan a fantasear y kaput.

Es aquí cuando se produce el aterrizaje forzoso: ¿vienes o voy?

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Obviemos las lágrimas intermedias. La razón es sencilla: seguir el rastro que deja una lágrima sólo nos llevará al suelo.

Aparecen las situaciones adversas, porque están las obligaciones, los trabajos, las escuelas, el dinero, las aspiraciones, la familia, porque sí o porque no. Es la realidad, la que nos hace detenernos a pensar: esto es una pérdida de tiempo. O no.

Lo lindo está en ese “o no”. Esta última expresión me resulta más simpática que los “y si”.
Una relación con demasiados y si está destinada a ninguna parte.

Por eso juego a negarme a hacerle caso a la vida y lo que he sido empujado a creer por cada palabra que sugiere que el llenarse de romanticismo es una pérdida de tiempo, porque “amor de lejos felices los cuatro”.

Sin embargo está la necesidad del toque, de la compañía, de escuchar la voz de alguien en tu oído al levantarte en las mañanas y la tibieza de una mejilla cercana. Eso no llega por FedEx.

Así que una opción es salir a buscar eso que uno desea, buscar lo que se quiere, o para ser más específico, trazar rutas de encuentro con esa persona que necesitas cerca tuyo. También está la opción de buscarse a alguien al alcance de la mano y dejarse de pendejadas porque ya estamos muy grandes para estas cosas. O atreverse a volar.

(Qué simpático que resulta ese o no camuflado, ¿no?)

Es el miedo a volar lo único que nos mantiene anclados al suelo.
Los globos con helio vuelan, sin mirar picos de palomas, agujas de señoras amargadas en balcones, o cigarrillos de borrachos malintencionados en las terrazas. Simplemente vuelan, como si tuviesen más huevos que nadie.
Pero bueno, los globos con helio tendrán huevos, mas no tienen corazón ni cabeza para enamorarse.

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Sigamos, hay que terminar el cuento.

A veces esto tiene final feliz, estas personas se buscan, se notan el mal aliento, la pérdida de cabello y las arrugas que antes no existían gracias a la baja resolución que Skype brinda. Se acercan lo suficiente como para colisionar, y en el mejor de los casos fundirse en un estupendo cliché: ser el final de un cuento de hadas 2.0.

Tendrán besos, riñas, querellas, desayunos, salidas, atardeceres, celos, pataletas, reconciliaciones, sexo, sexo sin protección, hijos, alegría y malas noches. La ilusión se irá con el tiempo y con todo lo que trae la vida, se volverán costumbre y buscarán enamorarse de nuevo. Con suerte será de ellos mismos.

Podemos intentarlo o no, con cables a tierra o en gravedad cero, a sabiendas de que todo tiene la misma eternidad que un vaso de cerveza o un cigarrillo.

Lo bonito se va a terminar, como la vida.

Entonces mejor no nacer porque al fin y al cabo vamos a morir. O no.

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A un millón de años luz

Dr. Absurdo

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