No sé si el aire está más denso o mi cabeza más pesada. No lo sé.

Sólo sé que me aturde pegar la oreja contra la almohada y sentir ese pum-pum que viene desde mi pecho hasta adueñarse de mi cabeza.

Pum pum.

Pum pum.

Pum pum.

Alguna vez leí que es malo para la salud –mental, supongo–  oír los sonidos de la sangre. Bueno, eso me ocurre a diario.

Lloro sin motivos, me vacío en la imagen de un gato ajeno que nunca conocí y medito sobre el encariñamiento con temas y gentes que no conozco.

Eterno enamorado de la nada.

Basura.

Balbuceo, me ahogo y vuelvo a llorar.

Sólo espero vaciar el dolor con cada lágrima.

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