Como si nada pasara se despeinó, arrugó el entrecejo y miró para otro lado.
Él se iba después de haberle mordido la boca y pareciera que con ello se llevaba saliva, finísimos trocitos de epidermis de sus labios y algo de calor para el camino.
-Abrigate bien- le había dicho, abrochando ese botoncito ladrón de sonrisas cuando lo notaba suelto brincando sobre su pecho.
Decía abrigate bien y el botoncito ese dejaba de jugar.
.
Caminó unos pocos pasos, lo siguió con el rabo del ojo y uso un mechón de cabello como velo. Ese velo que no le servia para tapar el olor que le dejó ese último abrazo, ni el recuerdo del botoncito y menos los pasos que daban cada uno hacia polos distintos.
No se sabe a ciencia cierta qué le heredó ella a él. Ella diría que nada. Él diría que ochenta y dos motivos para irse a última hora, cincuenta y cuatro razones para regresar y una garganta enredada que dificultaba el paso de saliva, aliento y palabras.
.
Ambos caminaron, estrenaron pasos en una nueva calzada, titubearon al momento de mirar hacia atrás y esperaron a que el bus partiese para elevar la mano y curvar los labios en algo que se parecía a una sonrisa.
El bus levantó humo, polvo y suficiente calor como para irritar ojos sensibles.
Diremos que se trató del bus para motivos didácticos.
Diremos que no pasó nada nuevo en una simple terminal, donde unas veces nacen caminos y en otras se desvían las miradas hacia rutas viejas ya transitadas.

.

Anuncios