Me asomo a fumar mirando techos.
Miro la terraza de enfrente como mi gran cenicero.
Hastiado de vacilar entre colillas.
Mareado de aspirar estos aires.

Juego a las Tres Marías.
Me lleno de humo que viene y va.
Me lleno de humo porque se queda un poco.
Como si fuese aliento o comida.

Una María. El humo pasa y se aloja en mí.
Dos Marías. Meto humo en agujeros y engaño al vacío.
Tres Marías. Se supone que debería volar.
Y no pasa el aire bajo mis alas. Sólo humo.

El vacío es más notorio en la humareda.
La chimenea de enfrente, pasando un edificio, me mira.
Me mira y se ríe, esa puta flaca, alta y humeante.
Intuye que apenas soy un aprendiz de chimenea.

La miro y le digo: no.
No soy tu aprendiz. No quiero ser como tú.
No voy a quedarme en un techo echando humo como vida.
Termino el pucho y la colilla vuela al techado cercano.

Me quedo con el olor a tabaco,
el alquitrán en mis pulmones,
los labios calientes y la boca seca,
y la certeza de que no seré una chimenea. Jamás.

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