Me sorprendo de mi capacidad de sorprenderme, de la pérdida de racionalidad ante las sonrisas de desconocidas, de el que aún se vendan juguetes de las tortugas ninja y de ser un cohete pasmado.

Me sorprendo de todo y de nada al mismo tiempo, de encontrarle magias a las coincidencias más entendibles del mundo, de voltear la cara para recibir al viento y no para mirar un culo.

Me sorprendo de la omnipotente capacidad de que todo me chupe un huevo, del hablar, carcajear y bailar solo; de encontrarme trazado entre líneas que hablan de un viejo decrépito y reírme de él.

Me sorprendo del cartonero, de la minifalda, de la basura en el ojo, de los cabellos que con la brisa se vuelven estelas de humo y de la hoja que reverdece sin ser llamada. Eso no se planea.

No entiendo, ni espero decir un día, esa frase: a mí nada me sorprende. Si algo entiendo de ella es que está llena de tristezas y vacío. ¿Por qué debería yo perder el hábito de sorprenderme?

Intentaré salir de pasteles de vez en cuando, presentarle el azúcar a la lengua de un niño, decir la hora sin mirar el reloj, o explotar mientras estoy tirado en algún sofa. Hacen falta sorpresas.

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— ⌚ —

Tic, tac, ¡boom!

Dr. Absurdo

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