Hoy he visto a una niña con tu misma cara, tus ojos brillantes destellando curiosidad, la nariz pequeñita y perfilada hacia el norte, el mismo cabello lacio oscuro coronando la divinidad y la misma manera de abotonar los labios el uno sobre el otro con el insigne puchero.

Tuve que reconocerla como otra no tú, asumir que era otra ficha mnemotécnica del universo en torno a ti y entender que hasta las caras de niñas más santas tarde y temprano dejan de meter los dedos en sus narices para meterlos en otras rendijas.

Con especial dedicación a tus narices olientes de otoño.

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