¿Me querés?, preguntó ella, plantando la interrogante que hacía rato daba vueltas dentro de ella haciéndola rodar por la cama.

“¿Me querés?”, y a él le tiraron una molotov en la cara con la pregunta bastarda.

Él asintió con la cabeza, el cuerpo, la boca y la mirada y con todo lo que aquella mañana le permitía entre el frío y las lagañas.

Ella asumió que era cierto. Él acertó al asumir algo que antes no había pensado.

Así se quedaron abrazados de bocas, manos y a ratos de pies sin volver sobre aquella pregunta durante lo que tuvo que ser.

Procuraban mirarse, cerciorándose de que estaban allí para el otro, asumiendo.

¿Me querés? pasó de ser eco a pregunta tácita, se haría nudo en la garganta, después olvido. A veces es mejor no preguntar.


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