¿Quieres llenar de pelos mi cama, lengua y manos de peine bajo la ducha y sobre el césped, con libertad de albedrío, múltiples oportunidades de error y enmienda, siendo látigo de cuero crudo retorcido y vestidura de terciopelo, rasgable, tocable y colaborativa con la transpiración, el entendimiento y la sinrazón, como latigazo y temblor que sacude pisos, cimientos y casas enteras, cuarteando paredes que no soportan el apresurar y el dilatar de la aventura según el viento de turno, como hacen las nubes, esas que lucen calmadas mientras te pierdes entre esta tribu a la que ya convencerás de tus magias con espejitos de colores y demás chucherías, comprando su guianza en la caza de la bestia, junto a la doma a punta de espuelas en cabalgata cerro abajo, para que desciendas sola, al fin, machete en mano entre mis barbas, haciéndote camino a mi pecho para acampar allí y luego dormirte?

Así, como quien no quiere la cosa.

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