o De aquella vez que morí para contarlo

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Hace unos días empecé a morir.

Que se empieza a morir el mismo día en que se nace, dirán. Que ya empecé a somatizar y darle libertad completa a mi hipocondria para no tener que enfrentarme a la vida como se espera, dirán.

Que no, digo yo. Que tengo la certeza de que me he tragado la muerte de un solo bocado y esta anida, crece y entrena dentro mío para asestarme su golpe definitorio en el momento menos esperado.

Ya me lo había dicho mi madre, esas cosas te van a matar, recordé mientras se quedaba entre mi tráquea que cierra en falso. En falso, eso dijo la doctora la última vez, es atragantable, dijo ella. ¿Se refería a mi tráquea, no?

No vi mi vida entera pasar, no. Cómo habría de verla si era un atragantamiento cualquiera originado por un chicle. Un chicle. Un desabrido y desatinado chicle que había de alojarse en mi garganta, decidido a matarme sin lugar a dudas y con todo el drama que implica, saltos de ojos, lágrimas pre mortuorias y un espasmo que entendí por estertor final como parte de la asfixia.

Adiós papá, adiós mamá, adiós hermanos, familia toda. Adios hijos no natos y mujeres a las que jamás podré destenderles la cama. Adiós sueños varios ahora truncados, qué digo truncados, sino pegoteados por una insulsa masa sintética que de paso ni azucar tenía. Así es, sugar free no implica non lethal.

De paso qué vergüenza, estimado lector, de eso debería morir, de vergüenza pues de todas las maneras posibles de ser tocado por la parca tenía que ser a través de ese pedacito de goma de mascar de la mismísima mierda, como si le provocara tanto asco a esa moza huesuda que apenas si decide tocarme con un chicle. Y sin azucar, vaya sentido del humor que tiene la muerte.

De qué me quejo, si uno termina sus días de manera congruente con el estilo de vida que lleva. ¿Qué significa esto? ¿Seré un desabrido, un pegote? ¿Seré ese algo que ni siquiera merece la pena ser tragado, por soso, por dañino? Si hasta al humo lo tragan y eso que da cáncer, por qué no habrían de tragarme a mí.

¡Pero bueno, no hagamos cortinas, que no se trata de humo, ni de mí mismo siendo tragado por la tierra y acá no hay tela para mortajas!

Me estoy muriendo de la manera más ridícula que jamás pude pensar, por no tener una palmadita en la espalda, de esas que no recibo ni por coincidencia desde que salí de la primaria.

Ah, cómo añoro mi niñez. Con todo el futuro que prometía de muchachito ingenioso al que las maestras felicitaban con palmaditas en la espalda y hacían escupir los chicles en clase. De haberse tratado de ese entonces no estaría agonizando así…

¡Pero cómo no lo pensé!

Atino a moverme violentamente hacia atrás, golpeándome contra el respaldar de la silla que ocupo y esta contra la pared, logrando que dos personas volteen chistando con una mueca recriminatoria ante el ruido que hago, y que ese bendito pedacito de goma masticable se desplace de mi garganta.

¡Estoy vivo!

Podré completar todo lo que dejaba pendiente como el destender las camas que quiera, tener una familia, ser exitoso y disfrutar de un deceso pleno, digno de quienes tienen vidas llenas. El sombrero de Indiana Jones querrá mudarse a mi cabeza luego de la vida que voy a tener.

Miro el escritorio, miro el piso, miro mi regazo, miro en todas partes y no encuentro el chicle en ninguna parte. Rebobino cinta y entiendo que no entiendo de qué carajo me puedo jactar si me acabo de tragar la infame golosina. ¡Me acabo de tragar una bomba de tiempo masticable que disfraza el mal aliento y que no suma riesgo para la diabetes!

Ahora sí ay de mí y de mis tripas malogradas gracias a mi hazaña suicida.

“Eso se te pega por dentro y jamás de te sale, escúpelo, no seas tonto”, cantaba un coro de voces de tías y maestras de primaria liderado por la mismísima madre que me parió.

Tengo los días tan contados como un verano al quince de marzo. Deseo, y por favor que esto se respete al pie de la letra, que al frasco de mermelada en donde metan mis cenizas lo etiqueten debidamente y adjunte la leyenda: “Masca el chicle y no hagas bombas”.

Ya está. Adiós a todos, ha sido un placer cuando se han dejado.

Fin

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