Venía rumbo a casa, leyendo las memorias de un viejo escritor o al menos eso intentaba. Digo intentaba porque más pesaba la podredumbre que llevo encima, en la cabeza, en el pecho y el abdomen, podredumbre de descontento e inconformidad, de esa que sospecho sólo se va al momento de morir o de nacer otra vez.

Maquillo mi realidad constantemente con recuerdos infantiles que tapan deseos inconcretos, avances irrefrenables y agotamiento espiritual, si alguien quiere llamarlo así. Lo triste, más incluso, es que el maquillaje siempre se resquebraja y uno queda cual suelo desértico, agrietado por todas partes, fisurado y seco. Es polución del alma.

Entre cada grieta que tengo se acumulan gritos, furia, pena y rencores hacia mí mismo y cuantos vayaustéasaber se le antoje al mundo, se van sedimentando y formando nuevas capas de un yo que no me llenan ni definen, que me asquean e intento borrar. Limpiar sedimentos propios cansa tanto como perseguir fantasmas y desarrollar monólogos sin eco, sin duda.

Así se vuelve necesario el mirar espejos, escupir en ellos, romperlos, tirarlos a la basura, cortarse bajo las uñas, sangrar y comer chocolates chupándose los dedos –sobre todo comer chocolates, por eso de las endorfinas, símiles emocionales y efectos placebos–.
Y yo que detesto el chocolate.

He de descartar entonces todo derivado de cacao como posible tabla, tableta en algunos casos, salvadora. Podría dejar que se acumulen las capas de miseria sobre mí, ignorarlas, volverme un hippie vagabundo incluso y adoptarlas como parte integral de la otra mugre con la que conviviré sumergido en mis hediondeces.

Más tarde seré de esos viejos que mascullan odio en cada lento paso, dejando su fétida estela de rencores no resueltos, me iré bastoneando entre adoquines para hacerle saber que estoy y estuve aquí a mi hermana, la ilustre e infinita, calle. Tendría que dejar crecer mis cabellos entonces, dejar de recortar mis barbas, dejar de bañarme, dejar de elegir ropas y calzado, olvidarme del todo y permitir que me vista esta costra blasfema.

Siendo niño vi alguna vez a más de uno de esos personajes pestilentes como periódico antiguo, arrugados y amarillentos a consecuencia de meados de gatos y ratas. De esos monigotes rellenos de pena que se conforman con el juego, la bebida y el tocar muchachitas que se dejan a cambio de unas pocas monedas. Arquitectos, doctores, abogados, licenciados e ingenieros que alguna vez decidieron quedarse en el lado opaco de la vida y no salir más de allí, y si salieron fue exclusivamente a morir.

Esta idea y sus implicancias, como el agazaparme esperando que el tiempo resuelva lo que yo no puedo, me asquean casi tanto como esa penumbra autosustentable y agrietada que sería mi cascarón. Talvez tengo algún estilo de pensamiento y accionar y dudo que sea esto que digo.

Que el tiempo resuelva, como persona activa, como si esta idea de traslación entre situaciones fuese una auténtica entidad mágica y viva…, sencillamente me resulta mierda.
El tiempo, si acaso es eso que decimos entender por tiempo, no resuelve nada, apenas si deja ver su humorístico paso agrietándonos las caras y la vida completa.

Así que para mí la solución no será esperar su paso, ni su llegada ni su dominio, porque él y yo no nos entendemos todavía. Y es que en algún lugar remoto de mi parecer estoy convencido de que el tiempo sirve para asuntos más grandes de los que soy capaz de asimilar, con ese mismo convencimiento sé que el tiempo no vive de manecillas ni de arrugas. Pero esto ya es otra cosa.

Tendré que desmantelar más ideas, seguiré descascarándome de a poquitos, gritando de vez en cuando y escupiendo mis rabias, escapando a ratos de aquello que no sé resolver, construyendo nuevas grietas y amurallándome entre miedos y almohadas muy amariconadamente. También estoy seguro –y si no prometo estarlo pronto– de que iré desbaratando esta idea de costras y capas que no me sirve para un carajo, porque ya estuvo bueno de reflexiones autocompasivas y bobadas transeúntes.

Por ahora me abocaré a la lectura de memorias ajenas para recordar las propias, resignificando pasados y presentes. Del futuro mejor no hablo porque no existe y dudo que vaya a existir algún día; eso o esta costra no me permite verlo.

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