Esta historia está basada en hechos reales.

Tan popular como malentendida, hasta menospreciada diría yo, es la sabiduría de algunos maestros conocedores de la vida y sus interminables placeres, mal llamados ebrios por los menos versados, trístemente rotulados como borrachos por las señoras de blusas poliester y buena familia junto a los demás abstemios casi siempre presentes en cada localidad que he podido conocer.

Es tal la erudición de algunos, que puede confundir desatinadamente a quien no esté atento a las palabras arrastradas y al contoneo lingüístico que puede ejecutar un sabio bebedor.

Aclaro que mi defensa por la bebida no está basada en la serie de magníficos monstruos intelectuales y creativos que con su sencilla presencia enriquecen bibliotecas y cabezas jóvenes. Se sabe que caballeros como Joyce, Bukowski, Van-Gogh, Faulkner, Twain, Morrison, G.B. Shaw, Hemmingway y quién sabe cuántos más que no he leído, eran dados a la bebida. Algunos incluso entregaron sus vidas a ella de boca y de pecho, cosa mal vista, también, por los no tan entendidos.

Yo mismo tuve el agrado de conocer en alguna madrugada a un ganador de Premio Nobel, que sin importar su estatus de capital intelectual del mundo, compartía un pedazo de acera con otros dos ilustres bebedores de aguardientosa sapiencia. Y bien pudo haber departido este señor con algún Hemingway o Faulkner, y que gusto me daría decirlo ahora aunque para suerte mía deba afirmar lo contrario.

En un principio me reí de este laureado señor y seguí con lo mío, una triste cerveza que se estaba calentando en mi mano debido a los calores habituales de ese diciembre de 1998 en una ciudad de la que prefiero no hablar debido a mi situación aduanera y porque prefiero prescindir de abogados para este relato.

Sin mayor explicación este desaliñado intelectual vino a mi par y acercó un vaso como el suyo hacia mí. Pude notar allí que el líquido no era transparente y que su olor no era ni de caña ni de anís, así que no podía ser aguardiente que yo conociera.

Meneó el vaso haciendo sonar los tres o cuatro cubos de hielo que nadaban en ese dorado y apetecible mar que cabía en una mano y sin pensarlo olvidé la sudorosa botella que honestamente ya me estaba asqueando.

Agradecido le dije mi nombre. José Nieto —sería su respuesta acompañada del saludo de manos.

Nieto me explicaría más adelante que no era ni tan erudito ni tan condecorado como declaraba a todo el que se cruzaba por su portal, que no era nieto de nadie pues nunca conoció a sus abuelos (cosa con la que me pude identificar), y que no sólo acaba de ofrecerme un vaso de whisky en las rocas, sino que estaba poniendo una fracción indeterminada del universo en mi mano.

Una fracción indeterminada del universo —repetí algo divertido por la idea.

Sí, una fracción del universo que entra en un vaso regordete y que sin embargo no estoy en capacidad de definir en este momento —dijo echando el mentón hacia abajo y relajando los hombros como quien traga un poquito de bilis.

Supo explicarme, mirando fijamente al vaso en su mano, que pocos bebían de manera y medida adecuada todo lo que el dorado líquido podía ofrecer. Que la sed de borrachera los hacía incapaces de percibir la infinitud de cada trago o que se conformaban apenas con paladearlo y distinguir si era malta o grano.

Me inspiró y me dispuse a beber el primero de muchos sorbos de whisky con ánimos de emborracharme al nivel de este señor y lograr ese nivel de empatía en la que las risas pasan de ser motivadas a ser compartidas.

Dirigía el vaso hacia mi boca cuando Nieto se aprestó a detenerme, indicando con la sofisticación que sólo tienen los caballeros de antaño, la forma precisa en que debía sostenerlo, ángulo de inclinación para remover el hielo y número de giros de muñeca para hacerlo sin alborotar a los millones de mundos que me iba a tragar. Todos detalles no menores y tan valiosos que no pretendo revelar hasta los dieciocho años de mi primogenito y sólo a él como bienvenida al gremio de catadores de cosmos.

Explicado y entendido, necesité de dos intentos para acercarme al toque experto de Nieto. Fue sólo al tercer trago de whisky cuando pude notar que no acercaba más el vaso a mis labios, por el contrario, era yo quien se soltaba por el borde de él como si fuese un despeñadero, moviéndome entre las rocas para sentir sobre mi lengua a civilizaciones enteras en guerra y paz, culturas perdidas y abandonadas a la memoria resbalar por mi garganta, y a soles, lunas y demás bondades estelares hacerse espacio por mi esófago, bañando mi plexo solar, alborotando las venas que llevaban el mensaje a mi cabeza, cabeza antes dura y que reventaba del regocijo por saber que ya no era un mundo solo, que tenía un universo, que no era uno sino miles, incontables universos llenos de mundos dentro de sí y de mí para hacerle compañía.

De un salto dejé el banco en el que estaba para abrazar a Nieto, quien conmovido casi hasta el llanto supo decirme que había sido una suerte para mí que él no tuviese hijos y no tanta para él que ya no los fuese a tener. Después de ese abrazo que nos hermanó un poco y nos juntó como a padre e hijo otro tanto, nos dedicamos a libar fracciones incontables de universos durante toda la noche, o al menos hasta donde recuerdo.

Lo siguiente que logro desempañar es el toque en el hombro y una profunda voz que decía “muchacho, acá no se puede dormir” proveniente del celador a cargo del soportal.

Supongo, porque no lo tengo tan claro, que logré arrastrarme las catorce cuadras que me separaban de aquella esquina hasta la casa en donde vivía, con una botella que contenía tres dedos de whisky e indefinida cantidad de universos como trofeo de aquella noche. El mencionado trofeo no duró tanto como el recuerdo.

Aunque frecuenté por más de media década las calles aledañas al soportal e incluso la misma acera en donde conocí a Nieto, jamás volví a verlo. De esa noche me quedó el respeto por los bebedores cultos y el aprendizaje que únicamente esta agua de vida, regalo que los celtas supieron pasar de copa en copa a través de generaciones, derrama sobre nosotros siempre que sepamos escuchar.

Por eso cada jueves nos juntamos entre amigos para beber, y no sé ellos, pero yo calculo que me dosifico unos veinte mil quinientos treinta y cuatro universos, si la noche es buena y hay suficiente hielo.

“Whisky is liquid sunshine”
George Bernard Shaw


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