Hace algunos años entendí que cuando se nace en un lugar hermoso resulta más sencillo desexotizarse.

El ojo se acostumbra al rico entorno convirtiéndolo en algo común, el oído envejece a punta de ecos de “país de mierda” y ruidos de escupitajos.

Se desaprende a mirar y a oír.
Se olvida el oler por encima de la mierda de perros.
Se olvida el sentir más allá de la paranoia.

Ya nadie se deja abrazar por la ciudad, tanto así que ella aprendió a vivir por su cuenta, grande y sola, recordando el antaño, cuando nos diviertía y regalaba esquinas para enamorar, que se quedó aca queriendo ser tocada y tocarnos de nuevo.

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