Acabo de recordar tu aroma a limonada y calor de verano, 

junto a la frescura que dejaste en las palmas de mis manos

y la mirada de cielo abierto, esa que abrazaba el pasto de mil parques.

 

Mi nariz algo entiende del olor de verano, aroma plantado;

sabe que es una mezcla de excursiones sin brújula ni rastros.

Aprendió a distinguir entre acampados peremnes y picnics a la deriva.

 

Pude aprender a viajar en el ajetreado lomo de tu perfume,

esquivando entre cometas a vientos que imitaban tu sonrisa.

Y tú, aprendiste a meterte en mis pulmones enseñándome a respirar.

 

Y persistes, haciendo casa y sepulcro a estas fosas nasales,

anclada en la fragancia de asuntos que casi no consigo tocar.

Como si me hicieras falta, como si esa falta me hiciera niño de vuelta.

 

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