Hoy tuve la necesidad de escribirle unas líneas, de acordarme de usted dos días después de su muerte y a sabiendas que al tercero no irá usted a resucitar.

Talvez no se acuerde de mí. Una vez fui ese muchacho que se topó con usted por un mandado, que creyó entender sus ideas del amor, la soledad y en especial sobre la magia que tiene la vida —cosa que cada tanto olvido—, todo a través de una tapa dura y luego de alguna que otra página o frase suelta.

Seguramente tampoco sepa que yo lo esquivaba con vehemencia, por no quemarme las pestañas con sus palabras que ya me gustaban de antemano, por no querer enamorarme de manera reincidente de cada muchacha que usted describía en sus historias. Resulta que con esas historias suyas aprendí a idealizar a la mujer y ya sabe usted que esas cosas no llevan a nada bueno.

También entendí, gracias a usted, eso de los procesos inversos e inexplicables que están allí para el goce post impacto y que se cuecen y saben mejor con los años. Esos mismos años hicieron otra cosa en usted, en mí, en todos y en todo; quizás no nos añejaron tan bien como a sus palabras.

En los últimos días no me gustó verlo viejo, con poquitas luces y sin esa liviandad de cabeza que, según pude notar, lo caracterizaba. Será que el tiempo resulta un pésimo prestamista.

Le cuento una cosa, Don Gabriel, no tuve la oportunidad de conocer a mis abuelos. Beraldo murió monte adentro, a punta de machete por riñas de hombres de campo; mientras Roberto se fue apagando de a poco en sus largos silencios hasta que una vez se calló del todo. No tuve historias directas de sus bocas o de sus manos, y si algo aprendí de ellos o de su imagen, fue como negociar mis cosas y a no tragarme tanto las penas.

Hoy le confieso, con esta distancia en contra que ahora más que nunca tenemos, que hace un tiempo lo adopté como mi tercer abuelo, ese que tampoco pude conocer en persona, estrecharle la mano y compartir un tinto con algún chorrito de aguardiente.

No se ofenda usted por esto, se lo pido por favor, es la forma de admirarlo que tengo a mano, por esas ideas que supo compartirme y por todos los paisajes y muchachas hermosas que me presentó.

Sepa también que no celebro su muerte, sino su descanso, que ya no planeo esquivarlo más sino dedicarle cada tanto mis ojos a las cosas que escribió. El plan con esto último es estrechar su mano y compartir ese tinto cada vez que sea posible, así aprendo todo lo que pueda de usted, mi tercer abuelo.

Le mando un abrazo muy fuerte, de esos que logran abarcar la tierra y romper ataúdes.
Buen viaje y gracias por todo.

Anuncios