U Vs X

Empiezo a sentir que el servicio de atención al cliente de Speedy de Telefónica incita a la violencia en todo aquel que se atreva a contactarlo. Obviamente todo esto dentro de la etiqueta corporativa asentada en los imaginarios manuales de atención al cliente de Telefónica Argentina.

Esta etiqueta corporativa, de la que Telefónica hace gala, implica una actitud pasivo-agresiva comprometida con el malestar sistemático del usuario. Es así como paso a paso la limitada comunicación entre el usuario y el encargado de solucionar de forma remota sus problemas, se transforma en violencia corporativa solapada.

A continuación va un caso de manera ilustrativa:

El usuario, al que llamaremos U, hace uso de internet para su trabajo y vida cotidiana de manera constante.

U es un usuario “premium”, según se lo han mencionado una que otra vez quienes lo llaman a ofertar nuevos productos en su paquete de servicios. U también trata de pagar puntualmente sus cuentas, aunque cada vez está más incómodo por el mal servicio que viene recibiendo.

Al presentarse los primeros inconvenientes con su conexión a la red mundial de datos, U se contacta vía telefónica con un funcionario de atención al cliente que representa a la empresa que contrató para acceder a internet, este funcionario será llamado X.

Al llamar, U proporciona sus datos de contacto y especifica su relación con el servicio de internet contratado, así como su problema con dicho servicio. Esto deberá ser repetido cuantas veces sea necesario y demandado por la empresa que representa X junto con toda la explicación del inconveniente. A U le preocupa que su caso no sea seguido de la manera adecuada, que cada funcionario X que lo atienda no tenga acceso al historial de reclamos que ha realizado, y aunque esto empezó a irritarle, repite con detalles su historia en cada llamada.

El caso: Problemas que van desde intermitencia en la conexión a internet, hasta la desconexión total del servicio de forma súbita durante más de un mes. (En realidad el problema se suscitó hacia meses atrás, pero recordemos que este es un ejemplo ilustrativo).

En un aparente ánimo por solucionar el inconveniente, X solicita la información pertinente: número de serie del equipo, formas de conexión, cantidad de dispositivos conectados a la red y horarios en los que se produce la molestia indicada. Recordemos que esta situación será repetida en cada llamada que U realice a Servicios al Cliente para contactarse con X, Y, Z y todas las demás letras del alfabeto que se sumarán a las interminables llamadas de reclamo que U tenga que hacer debido al inconveniente.

La situación planteada previamente sugiere el siguiente ejercicio:

Ejercicio 1A:

Una vez que se producido el contacto entre U y X:

¿Cuánto tiempo tardará U en espera para que su problema sea solucionado por X?

Tome en cuenta que X carece de perspectiva sobre la cada vez menor paciencia y deseos de lidiar con las repetidas frustraciones que ofrecen X y sus colegas.

Tome en cuenta que X y sus colegas representan a una empresa que ofrece servicios de tipo “premium”.

Respuesta:

El tiempo que a U le tome explotar más allá del contacto telefónico y lleve su grito impaciente a las redes sociales.

De esta forma U, cansado de la repetición de discursos, plétora de soluciones parche, envíos de técnicos fantasmas, llamadas automatizadas, lucecitas intermitentes y desconexiones que perjudican a su reloj, hígado y bolsillo, se decide a explotar ante sus miles de contactos en las redes sociales.

¡Oh sorpresa para U, al conocer a una nueva X que asoma a la ecuación para ofrecerse valientemente a encarar su impaciencia! A esta nueva X la llamaremos “@X”.

Es así como @X ofrece la misma petición de datos que sus otros colegas han recopilado, pasa por alto normas básicas de manejo de redes sociales y pide respuestas en privado sin tomar en cuenta que el acceso de U hacia @X es limitado.

El inquieto U pasa sus datos en público y a la vista de al menos seis mil usuarios de su red de contactos —a estas alturas ya nada tiene sentido— y se pone cómodo a esperar, a sabiendas de que ya no hay marcha atrás en su decisión y que, aunque le represente más líos, cancelará los servicios de la empresa que X y @X representan.

Al parecer las quejas ante miles de usuarios potenciales que comparten las mismas redes sociales de U, vuelven su queja digna de tratamiento “premium”. Cómo no.

¿FIN?

Epílogo

Tenemos en consideración que tanto X como @X son personas, merecen respeto y deben respeto a quienes buscan su asesoría. Entendemos que los procesos toman tiempo y mejorar los sistemas de atención al cliente también conllevan mucho esfuerzo.

Eso sí, poco sabemos de la espera, hipotética o no, de U —que en realidad soy yo— y menos de la efectividad en la solución que vayan a ofrecer @X, X, Y, Z o cualquiera de las otras letras, —que en realidad son representantes de Speedy de Telefónica en las áreas de atención al cliente y servicio técnico—.

Sí sabemos que U está harto y que de persistir su desconexión va a cancelar la suscripción que le genera tantas molestias.

Sabemos también que U no está solo, que hay otros U, algunas A, E, I y otras letras que también se hartan de a poco. Letras que empiezan a tomar conciencia de que sin ellas esas empresas de las que reciben mal servicio tendrán unos cuantos centavos menos, que si emiten sus quejas en los diversos canales a los que tienen acceso pueden generar una reacción ante el resto, y quizás ante las mismas empresas que abusan de ellos.

Otra cosa que sabemos es que luego de quejarse repetidamente vienen las turbas iracundas y las trifulcas. —Esta parte en particular me divierte cuando la imagino de forma apocalíptica y cinematográfica—.

Tal como U no soy partidario de los reclamos violentos, pero si yo fuese una empresa como Speedy de Telefónica Argentina no trataría de despertar al incendiario que puede estar dormido dentro de cualquiera de sus mal atendidos clientes.

N. de U.

Para cuando hice público este post, usando mi problemática conexión, recibí una llamada del servicio automatizado de Speedy de Telefónica consultándome si el problema estaba resuelto. Aparéntemente mi conexión ya está estable. Pero quien sabe, por allí se desestabiliza, como nos suele pasar a todos.

— ⋯ —

De manera intermitente.

Dr. Absurdo

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Torpe

Tiras la pipa y piensas en por qué no tienes una mesita de centro adecuada para tu pequeño living, así de paso te deshaces de ese animal muerto que se parece a una alfombra y que reposa junto al sofa, reemplazándola por una de esas con pelusas largas y acariciables, una que invite al revolcón y que no lastime las rodillas de las amigables dueñas de boquitas alegres que te visitan.
Y mientras eso no sucede, recoges la ceniza del piso e intentas recargar tu pipa, pensando en la máquina sexual que eres y que de nada serviría la mesita de centro sino para interrumpirte en tus sesiones de sudor y carne.

Así que nada, mejor olvídate de la mesa, deja de ser torpe, busca otra porno y sigue fumando.

.

— ❥ —

 

El buen Satán

Una noche el buen Satán fue a misa, por su hostia y la del resto. 

Dicen que ofendió a muchos, que lo secuestraron. 

Dicen también que era bueno, pero yo no les creo.

Abecedario de lo incompartible

A

Almohadas de plumas.

B

Besos sin pretexto.

C

Caricias disimuladas.

D

Distancias.

E

Esperanzas ingenuas.

F

Felicidad porque sí.

G

Golosinas caseras.

H

Habitaciones eternas.

I

Imsomnio confidente.

J

Juicios entre ambos.

K

Kilometraje.

L

Lamidas en el cuello.

Ll

Llamadas infinitas.

M

Miedo de perdernos.

N

Nubes de formas variadas.

Ñ

Ñoquis del 29.

O

Oraciones a medias.

P

Prejuicios.

Q

Qués, cuándos y por qués.

R

Reproches.

S

Sudores a mitad de la noche.

T

Truenos que desembocan en abrazos.

U

Unanimidad de voto.

V

Visitas con aire de vacaciones.

W

WC, bidé, ducha y tina de baño.

X

X cantidad de lágrimas.

Y

Yuyos para el mate.

Z

Zaguanes y callejones.

 — ℞ —

El hábito urbano

Hace algunos años entendí que cuando se nace en un lugar hermoso resulta más sencillo desexotizarse.

El ojo se acostumbra al rico entorno convirtiéndolo en algo común, el oído envejece a punta de ecos de “país de mierda” y ruidos de escupitajos.

Se desaprende a mirar y a oír.
Se olvida el oler por encima de la mierda de perros.
Se olvida el sentir más allá de la paranoia.

Ya nadie se deja abrazar por la ciudad, tanto así que ella aprendió a vivir por su cuenta, grande y sola, recordando el antaño, cuando nos diviertía y regalaba esquinas para enamorar, que se quedó aca queriendo ser tocada y tocarnos de nuevo.

Sucesivamente

Te besaría la frente,

luego los párpados,

luego la punta de la nariz,

y así hasta el infinito.

Cobarde.

Uisge-beatha

Esta historia está basada en hechos reales.

Tan popular como malentendida, hasta menospreciada diría yo, es la sabiduría de algunos maestros conocedores de la vida y sus interminables placeres, mal llamados ebrios por los menos versados, trístemente rotulados como borrachos por las señoras de blusas poliester y buena familia junto a los demás abstemios casi siempre presentes en cada localidad que he podido conocer.

Es tal la erudición de algunos, que puede confundir desatinadamente a quien no esté atento a las palabras arrastradas y al contoneo lingüístico que puede ejecutar un sabio bebedor.

Aclaro que mi defensa por la bebida no está basada en la serie de magníficos monstruos intelectuales y creativos que con su sencilla presencia enriquecen bibliotecas y cabezas jóvenes. Se sabe que caballeros como Joyce, Bukowski, Van-Gogh, Faulkner, Twain, Morrison, G.B. Shaw, Hemmingway y quién sabe cuántos más que no he leído, eran dados a la bebida. Algunos incluso entregaron sus vidas a ella de boca y de pecho, cosa mal vista, también, por los no tan entendidos.

Yo mismo tuve el agrado de conocer en alguna madrugada a un ganador de Premio Nobel, que sin importar su estatus de capital intelectual del mundo, compartía un pedazo de acera con otros dos ilustres bebedores de aguardientosa sapiencia. Y bien pudo haber departido este señor con algún Hemingway o Faulkner, y que gusto me daría decirlo ahora aunque para suerte mía deba afirmar lo contrario.

En un principio me reí de este laureado señor y seguí con lo mío, una triste cerveza que se estaba calentando en mi mano debido a los calores habituales de ese diciembre de 1998 en una ciudad de la que prefiero no hablar debido a mi situación aduanera y porque prefiero prescindir de abogados para este relato.

Sin mayor explicación este desaliñado intelectual vino a mi par y acercó un vaso como el suyo hacia mí. Pude notar allí que el líquido no era transparente y que su olor no era ni de caña ni de anís, así que no podía ser aguardiente que yo conociera.

Meneó el vaso haciendo sonar los tres o cuatro cubos de hielo que nadaban en ese dorado y apetecible mar que cabía en una mano y sin pensarlo olvidé la sudorosa botella que honestamente ya me estaba asqueando.

Agradecido le dije mi nombre. José Nieto —sería su respuesta acompañada del saludo de manos.

Nieto me explicaría más adelante que no era ni tan erudito ni tan condecorado como declaraba a todo el que se cruzaba por su portal, que no era nieto de nadie pues nunca conoció a sus abuelos (cosa con la que me pude identificar), y que no sólo acaba de ofrecerme un vaso de whisky en las rocas, sino que estaba poniendo una fracción indeterminada del universo en mi mano.

Una fracción indeterminada del universo —repetí algo divertido por la idea.

Sí, una fracción del universo que entra en un vaso regordete y que sin embargo no estoy en capacidad de definir en este momento —dijo echando el mentón hacia abajo y relajando los hombros como quien traga un poquito de bilis.

Supo explicarme, mirando fijamente al vaso en su mano, que pocos bebían de manera y medida adecuada todo lo que el dorado líquido podía ofrecer. Que la sed de borrachera los hacía incapaces de percibir la infinitud de cada trago o que se conformaban apenas con paladearlo y distinguir si era malta o grano.

Me inspiró y me dispuse a beber el primero de muchos sorbos de whisky con ánimos de emborracharme al nivel de este señor y lograr ese nivel de empatía en la que las risas pasan de ser motivadas a ser compartidas.

Dirigía el vaso hacia mi boca cuando Nieto se aprestó a detenerme, indicando con la sofisticación que sólo tienen los caballeros de antaño, la forma precisa en que debía sostenerlo, ángulo de inclinación para remover el hielo y número de giros de muñeca para hacerlo sin alborotar a los millones de mundos que me iba a tragar. Todos detalles no menores y tan valiosos que no pretendo revelar hasta los dieciocho años de mi primogenito y sólo a él como bienvenida al gremio de catadores de cosmos.

Explicado y entendido, necesité de dos intentos para acercarme al toque experto de Nieto. Fue sólo al tercer trago de whisky cuando pude notar que no acercaba más el vaso a mis labios, por el contrario, era yo quien se soltaba por el borde de él como si fuese un despeñadero, moviéndome entre las rocas para sentir sobre mi lengua a civilizaciones enteras en guerra y paz, culturas perdidas y abandonadas a la memoria resbalar por mi garganta, y a soles, lunas y demás bondades estelares hacerse espacio por mi esófago, bañando mi plexo solar, alborotando las venas que llevaban el mensaje a mi cabeza, cabeza antes dura y que reventaba del regocijo por saber que ya no era un mundo solo, que tenía un universo, que no era uno sino miles, incontables universos llenos de mundos dentro de sí y de mí para hacerle compañía.

De un salto dejé el banco en el que estaba para abrazar a Nieto, quien conmovido casi hasta el llanto supo decirme que había sido una suerte para mí que él no tuviese hijos y no tanta para él que ya no los fuese a tener. Después de ese abrazo que nos hermanó un poco y nos juntó como a padre e hijo otro tanto, nos dedicamos a libar fracciones incontables de universos durante toda la noche, o al menos hasta donde recuerdo.

Lo siguiente que logro desempañar es el toque en el hombro y una profunda voz que decía “muchacho, acá no se puede dormir” proveniente del celador a cargo del soportal.

Supongo, porque no lo tengo tan claro, que logré arrastrarme las catorce cuadras que me separaban de aquella esquina hasta la casa en donde vivía, con una botella que contenía tres dedos de whisky e indefinida cantidad de universos como trofeo de aquella noche. El mencionado trofeo no duró tanto como el recuerdo.

Aunque frecuenté por más de media década las calles aledañas al soportal e incluso la misma acera en donde conocí a Nieto, jamás volví a verlo. De esa noche me quedó el respeto por los bebedores cultos y el aprendizaje que únicamente esta agua de vida, regalo que los celtas supieron pasar de copa en copa a través de generaciones, derrama sobre nosotros siempre que sepamos escuchar.

Por eso cada jueves nos juntamos entre amigos para beber, y no sé ellos, pero yo calculo que me dosifico unos veinte mil quinientos treinta y cuatro universos, si la noche es buena y hay suficiente hielo.

“Whisky is liquid sunshine”
George Bernard Shaw


Crack

Venía rumbo a casa, leyendo las memorias de un viejo escritor o al menos eso intentaba. Digo intentaba porque más pesaba la podredumbre que llevo encima, en la cabeza, en el pecho y el abdomen, podredumbre de descontento e inconformidad, de esa que sospecho sólo se va al momento de morir o de nacer otra vez.

Maquillo mi realidad constantemente con recuerdos infantiles que tapan deseos inconcretos, avances irrefrenables y agotamiento espiritual, si alguien quiere llamarlo así. Lo triste, más incluso, es que el maquillaje siempre se resquebraja y uno queda cual suelo desértico, agrietado por todas partes, fisurado y seco. Es polución del alma.

Entre cada grieta que tengo se acumulan gritos, furia, pena y rencores hacia mí mismo y cuantos vayaustéasaber se le antoje al mundo, se van sedimentando y formando nuevas capas de un yo que no me llenan ni definen, que me asquean e intento borrar. Limpiar sedimentos propios cansa tanto como perseguir fantasmas y desarrollar monólogos sin eco, sin duda.

Así se vuelve necesario el mirar espejos, escupir en ellos, romperlos, tirarlos a la basura, cortarse bajo las uñas, sangrar y comer chocolates chupándose los dedos –sobre todo comer chocolates, por eso de las endorfinas, símiles emocionales y efectos placebos–.
Y yo que detesto el chocolate.

He de descartar entonces todo derivado de cacao como posible tabla, tableta en algunos casos, salvadora. Podría dejar que se acumulen las capas de miseria sobre mí, ignorarlas, volverme un hippie vagabundo incluso y adoptarlas como parte integral de la otra mugre con la que conviviré sumergido en mis hediondeces.

Más tarde seré de esos viejos que mascullan odio en cada lento paso, dejando su fétida estela de rencores no resueltos, me iré bastoneando entre adoquines para hacerle saber que estoy y estuve aquí a mi hermana, la ilustre e infinita, calle. Tendría que dejar crecer mis cabellos entonces, dejar de recortar mis barbas, dejar de bañarme, dejar de elegir ropas y calzado, olvidarme del todo y permitir que me vista esta costra blasfema.

Siendo niño vi alguna vez a más de uno de esos personajes pestilentes como periódico antiguo, arrugados y amarillentos a consecuencia de meados de gatos y ratas. De esos monigotes rellenos de pena que se conforman con el juego, la bebida y el tocar muchachitas que se dejan a cambio de unas pocas monedas. Arquitectos, doctores, abogados, licenciados e ingenieros que alguna vez decidieron quedarse en el lado opaco de la vida y no salir más de allí, y si salieron fue exclusivamente a morir.

Esta idea y sus implicancias, como el agazaparme esperando que el tiempo resuelva lo que yo no puedo, me asquean casi tanto como esa penumbra autosustentable y agrietada que sería mi cascarón. Talvez tengo algún estilo de pensamiento y accionar y dudo que sea esto que digo.

Que el tiempo resuelva, como persona activa, como si esta idea de traslación entre situaciones fuese una auténtica entidad mágica y viva…, sencillamente me resulta mierda.
El tiempo, si acaso es eso que decimos entender por tiempo, no resuelve nada, apenas si deja ver su humorístico paso agrietándonos las caras y la vida completa.

Así que para mí la solución no será esperar su paso, ni su llegada ni su dominio, porque él y yo no nos entendemos todavía. Y es que en algún lugar remoto de mi parecer estoy convencido de que el tiempo sirve para asuntos más grandes de los que soy capaz de asimilar, con ese mismo convencimiento sé que el tiempo no vive de manecillas ni de arrugas. Pero esto ya es otra cosa.

Tendré que desmantelar más ideas, seguiré descascarándome de a poquitos, gritando de vez en cuando y escupiendo mis rabias, escapando a ratos de aquello que no sé resolver, construyendo nuevas grietas y amurallándome entre miedos y almohadas muy amariconadamente. También estoy seguro –y si no prometo estarlo pronto– de que iré desbaratando esta idea de costras y capas que no me sirve para un carajo, porque ya estuvo bueno de reflexiones autocompasivas y bobadas transeúntes.

Por ahora me abocaré a la lectura de memorias ajenas para recordar las propias, resignificando pasados y presentes. Del futuro mejor no hablo porque no existe y dudo que vaya a existir algún día; eso o esta costra no me permite verlo.

Chicle

o De aquella vez que morí para contarlo

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Hace unos días empecé a morir.

Que se empieza a morir el mismo día en que se nace, dirán. Que ya empecé a somatizar y darle libertad completa a mi hipocondria para no tener que enfrentarme a la vida como se espera, dirán.

Que no, digo yo. Que tengo la certeza de que me he tragado la muerte de un solo bocado y esta anida, crece y entrena dentro mío para asestarme su golpe definitorio en el momento menos esperado.

Ya me lo había dicho mi madre, esas cosas te van a matar, recordé mientras se quedaba entre mi tráquea que cierra en falso. En falso, eso dijo la doctora la última vez, es atragantable, dijo ella. ¿Se refería a mi tráquea, no?

No vi mi vida entera pasar, no. Cómo habría de verla si era un atragantamiento cualquiera originado por un chicle. Un chicle. Un desabrido y desatinado chicle que había de alojarse en mi garganta, decidido a matarme sin lugar a dudas y con todo el drama que implica, saltos de ojos, lágrimas pre mortuorias y un espasmo que entendí por estertor final como parte de la asfixia.

Adiós papá, adiós mamá, adiós hermanos, familia toda. Adios hijos no natos y mujeres a las que jamás podré destenderles la cama. Adiós sueños varios ahora truncados, qué digo truncados, sino pegoteados por una insulsa masa sintética que de paso ni azucar tenía. Así es, sugar free no implica non lethal.

De paso qué vergüenza, estimado lector, de eso debería morir, de vergüenza pues de todas las maneras posibles de ser tocado por la parca tenía que ser a través de ese pedacito de goma de mascar de la mismísima mierda, como si le provocara tanto asco a esa moza huesuda que apenas si decide tocarme con un chicle. Y sin azucar, vaya sentido del humor que tiene la muerte.

De qué me quejo, si uno termina sus días de manera congruente con el estilo de vida que lleva. ¿Qué significa esto? ¿Seré un desabrido, un pegote? ¿Seré ese algo que ni siquiera merece la pena ser tragado, por soso, por dañino? Si hasta al humo lo tragan y eso que da cáncer, por qué no habrían de tragarme a mí.

¡Pero bueno, no hagamos cortinas, que no se trata de humo, ni de mí mismo siendo tragado por la tierra y acá no hay tela para mortajas!

Me estoy muriendo de la manera más ridícula que jamás pude pensar, por no tener una palmadita en la espalda, de esas que no recibo ni por coincidencia desde que salí de la primaria.

Ah, cómo añoro mi niñez. Con todo el futuro que prometía de muchachito ingenioso al que las maestras felicitaban con palmaditas en la espalda y hacían escupir los chicles en clase. De haberse tratado de ese entonces no estaría agonizando así…

¡Pero cómo no lo pensé!

Atino a moverme violentamente hacia atrás, golpeándome contra el respaldar de la silla que ocupo y esta contra la pared, logrando que dos personas volteen chistando con una mueca recriminatoria ante el ruido que hago, y que ese bendito pedacito de goma masticable se desplace de mi garganta.

¡Estoy vivo!

Podré completar todo lo que dejaba pendiente como el destender las camas que quiera, tener una familia, ser exitoso y disfrutar de un deceso pleno, digno de quienes tienen vidas llenas. El sombrero de Indiana Jones querrá mudarse a mi cabeza luego de la vida que voy a tener.

Miro el escritorio, miro el piso, miro mi regazo, miro en todas partes y no encuentro el chicle en ninguna parte. Rebobino cinta y entiendo que no entiendo de qué carajo me puedo jactar si me acabo de tragar la infame golosina. ¡Me acabo de tragar una bomba de tiempo masticable que disfraza el mal aliento y que no suma riesgo para la diabetes!

Ahora sí ay de mí y de mis tripas malogradas gracias a mi hazaña suicida.

“Eso se te pega por dentro y jamás de te sale, escúpelo, no seas tonto”, cantaba un coro de voces de tías y maestras de primaria liderado por la mismísima madre que me parió.

Tengo los días tan contados como un verano al quince de marzo. Deseo, y por favor que esto se respete al pie de la letra, que al frasco de mermelada en donde metan mis cenizas lo etiqueten debidamente y adjunte la leyenda: “Masca el chicle y no hagas bombas”.

Ya está. Adiós a todos, ha sido un placer cuando se han dejado.

Fin

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